Diego Maradona terminó México 86 con cinco goles, cinco asistencias documentadas y la Copa del Mundo levantada como capitán. La estadística se queda corta. Ningún jugador en la historia del torneo ha condicionado tanto un Mundial desde una sola posición en el campo.
El recorrido fue claro desde fase de grupos. Italia, Bulgaria y Corea del Sur vieron a un jugador que ya no se medía con el resto del torneo. La verdadera magnitud llegó en cuartos contra Inglaterra, en el Estadio Azteca. Dos goles en cinco minutos: uno con la mano y otro tras correr 60 metros, eludir a cinco rivales y definir frente a Peter Shilton.
En semifinal contra Bélgica volvió a marcar dos goles, ambos con jugadas individuales. En la final contra Alemania Federal no pudo anotar, pero asistió a Jorge Burruchaga para el 3-2 definitivo. Argentina ganó su segunda Copa del Mundo, y nadie cuestionó quién había sido el responsable.
El mito no se construyó en los goles individuales. Se construyó en la idea de que un solo jugador podía cargar un equipo entero desde octavos hasta la final, en cada eliminatoria, sin bajar el rendimiento. Después de México 86, lo que se discutió no fue su lugar en la historia. Fue si alguien podía repetirlo.
Cuatro décadas después, ningún Mundial ha visto algo parecido. El registro estadístico sigue intacto. El simbólico, también. Maradona no ganó México 86 como capitán de una gran selección. Lo ganó como el motor único de un proyecto que sin él no habría llegado a semifinales.