Antes de que existiera la Copa del Mundo tal como la conocemos, Uruguay ya era campeón del mundo. En 1924 y 1928 ganó los Juegos Olímpicos, que en ese momento eran el máximo torneo internacional de fútbol y que FIFA reconoce oficialmente como títulos mundiales. Por eso la camiseta celeste lleva cuatro estrellas, no dos.
El primer Mundial FIFA llegó en 1930, organizado en Montevideo. Uruguay derrotó a Argentina 4-2 en la final del Centenario con menos de 1.8 millones de habitantes en el país. El segundo título FIFA, en 1950, fue el Maracanazo: 2-1 a Brasil en su propio estadio, frente a 200,000 espectadores. Dos Copas del Mundo en condiciones distintas, con una población que nunca superó los 3.5 millones.
La sequía fue larga. Después de 1950, Uruguay tardó 60 años en volver a una semifinal mundialista. La generación que rompió la espera fue la de Diego Forlán, Luis Suárez y Edinson Cavani, que llevó a Uruguay al cuarto puesto en Sudáfrica 2010.
Lo que distingue a Uruguay no es solo el palmarés. Es la persistencia de proyectos competitivos con una base demográfica que limita estructuralmente la generación de talento. La AUF formaliza menos jugadores por edad que cualquier otra federación entre las grandes. Aun así, en el siglo XXI, Uruguay ha clasificado a cinco de los seis Mundiales jugados.
Cuatro títulos mundiales. Una población que nunca superó los cuatro millones en ninguno de esos torneos. Nadie más ha hecho eso en la historia del fútbol.